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Sherezade

Siendo las 19 horas, estoy tranquilamente leyendo en el salón, mi ordenador portátil abierto apoyado en una mesita frente a mí, un gato negro a mi lado, cuando un perro marrón se sube al sofá. En el momento en el que el chucho sube, el gato le bufa; el chucho que se le quiere acercar, el gato que le da con la pata en la cabeza; el chucho que va hacia el gato gruñendo, el gato que salta y sale corriendo; el perro que salta detrás del gato; y el mate, que repleto de yerba, y el termo, que lleno de agua, caen sobre el ordenador, la alfombra y todos los almohadones, que no son pocos, que están en el suelo (para que el mencionado chucho elija no subirse a nuestra cama, el suelo del salón de mi casa no dista del cuarto en el que Sherezade le relata las historias al sultán: hay dos alfombras, un montón de almohadones y dos camitas de perro, para que el chucho elija a gusto e piacere donde amodorrarse). 
Observo mis alrededores. Veo que mi alfombra blanco roto, ahora tiene un look a lunares verdes aquí y allí. Veo que uno de los almohadones dejó de ser grisáceo para ser color empapado. Veo que la mesita, que por desgracia no es ni de vidrio ni de plástico, sino de madera, de la que es bien oscura, alberga un laguito en su parte central. Pero, lo peor de todo lo que veo, es la montañita de yerba y la copiosa cantidad de agua esparcida sobre el teclado del ordenador. Rauda, lo agarro y me lo llevo al baño. Lo sacudo en el pila y le empiezo a dar aire, como una posesa, con el secador de pelo. Pero la yerba en las rendijas me preocupa, me esfuerzo por hacer como que no la veo pero no lo consigo, hay mucha yerba entre las teclas, así que tengo la perspicaz idea de quitarla con la ayuda de la aspiradora. Agarro el tubo, lo coloco encima del teclado, enciendo la aspiradora, ¿y qué veo? Veo que, en menos de medio segundo, una, dos, tres teclas son absorbidas y hola qué tal agujeros en teclado. 
Digamos que hasta llegar al baño, venía llevando el asunto bastante bien. Como estoy en una etapa muy zen de mi vida, ni me enojé con el gato, ni con el perro, ni permití que la antigua alfombra blanco roto ahora color césped me inquietara, ni dejé que a mi mente le preocupe el laguito de la mesa ni los consecuentes lamparones que sabía que en ella quedarían. Pero claro, el ver que la aspiradora deglute tres teclas así, a esa velocidad y con esa mala leche, saca de su zona zen a cualquiera, ¿o no? Justo, en ese mismísimo momento en el que la aspiradora acaba de dejarme sin B, sin H y sin M (ya podría haberse llevado la X, o el %, pero no, se lleva tres letras que a ver cómo te escribo y que me entiendas sin ellas en frase), justo en ese momento, decía, llega Mi Queridísimo del trabajo, todo contento, con su bicicletita. En otra época de mi vida, en una que era muy poco zen, en un relato como este, en cuanto él cruzara la puerta, por supuesto que tendría la culpa de todos mis infortunios. Ahora, como estoy en una etapa muy muy muy zen de mi vida, opto por no hablarle. Pero él sí me habla, «¿qué pasa?», me pregunta al encontrarme en el baño con un secador de pelo en mano, un tubo de aspiradora en otra mano y un ordenador que mejor ni te digo de ahora en más la de faltas de ortografía de las que va a ser responsable. Le resumo lo sucedido mientras cierro el ordenador, me pongo la bufanda, el gorro, el abrigo, y le digo que me voy a la tienda aquella donde arreglan ordenadores. Mi Queridísimo, bajito, que me dice: «Letzy, ¿por qué no llevas las teclas a la tienda?», y acto seguido abre la aspiradora, momento en el que veo que la bolsa que se encuentra en su interior, está a reventar. Le digo que para qué voy a llevar las teclas si aun no sé qué va a pasar con el ordenador, todo mojado como está, y que para qué me voy a poner a rebuscar en una bolsa llena de todo tipo de porquerías si quizá el empleado de la tienda puede poner otras teclas nuevas, y Mi Queridísimo que quiere decir algo más, y yo que le digo que por favor shhhh, que me voy y que ya veré si rebusco en la aspiradora pero que ahora no voy a rebuscar nada. 
Corriendo, llego a la tienda. El empleado me empieza a atender cuando entra un cliente, es un hombre que conozco de vista porque vive en mi misma calle, es pintor (de cuadros, no de paredes). Este señor entra mientras le estoy contando mi historia al empleado, y, en un momento de silencio (que es cuando el empleado apaga el ordenador y saca la batería, luego de decirme que eso es lo primero que debería haber hecho), aprovecha para preguntarme: «¿Uruguaya?». No estoy en mi Happy Place, ni cerca estoy, mi Letzy zen vaya a saber una dónde... «Argentina», le respondo. Seca, bien asquerosa ella cuando quiere, a ver si el buen hombre capta que no es momento de preguntarme nada. «Ah, es que no distingo a los uruguayos de los argentinos», dice y se ríe, solo. «Ni yo», le comento al señor pintor que ojalá viva de su arte, cosa complicada en los tiempos que corren. Ante mi respuesta, el pintor, quien no nota ni pizca de mi energía azabache insondable, se ríe. No sé cómo le puedo parecer graciosa, es algo sobre lo que reflexionaré más tarde, cuando entre en estado alfa y vuelva a ser una Letzy zen. 
Llega el momento en el que el empleado me dice lo que yo no quiero que me diga: «Para arreglar el teclado, voy a necesitar que me traigas las teclas que faltan, y además, necesito estos plastiquitos, ¿ves? (y me muestra uno que milagrosamente aun está sobre uno de los agujeros). Son dos plastiquitos por tecla, me los tienes que traer, si no, no puedo engancharlas. Déjame el ordenador y vete a buscar las teclas, así me las traes antes de que cierre la tienda. Yo voy levantando el teclado para quitar el agua». 
Corriendo, me voy de la tienda. Aunque hacen alrededor de 2ºC, llego a mi casa sudada, es probable que incluso huela, y no a fresca caricia de bebé rollizo precisamente. En cuanto entro, saco la bolsa de la aspiradora, ¡qué gordita está, y eso que las fiestas todavía no han llegado! Me siento en el suelo, y, luego de hacerle un tajo en su parte superior, empiezo a rebuscar entre los miles de pelos, pelusas y melenas (dos gatos y dos perros en casa, no sé si alguien puede siquiera imaginar la de pelo que es capaz de soltar esa cantidad animal desde que puse la bolsa vacía, que tampoco fue hace tanto, aclaremos, que si hay algo que no me gustaría, es que penséis que soy una roñosa). Encuentro una tecla, dos, tres (aunque ojalá las hubiera encontrado con la rapidez con la que acabo de escribirlo). Pero claro, ¿y los plastiquitos? ¿Y la operación láser que mi vista necesita?, ¿para cuándo? Porque si hay algo que no tengo, es vista de lince. Busco, rebusco, vuelvo a buscar, hurgo, entreabro pelos, y pelaje, y pelusas, y meto mano en el polvo, y en la yerba actual (la de la alfombra la aspiré, ¿qué otra cosa podía hacer?) y en la yerba pasada (claro que no es la primera vez que se me cae el mate, ¿qué creíais?), y encuentro cosas que no sé bien qué son, pero mejor no saber, solo sé que NADA de todo lo que encuentro, son los plastiquitos. Y en ese momento, entra Mi Queridísimo, chocho de la vida, como siempre, vuelve de pasear a los perros en el parque del Retiro. Sabe que estoy en casa porque la luz del pasillo está encendida. Lo que no sabe, es dónde estoy. «¿Dónde estás?», pregunta desde la puerta de la calle. «En el cuarto pequeño, buscando en la bolsa de la aspiradora unos plastiquitos que llevan las teclas. Encontré ya las teclas, pero no hay caso, no encuentro los plastiquitos, llevo media hora buscando», y aquí, lo confieso, un poquito sí que insulto, para qué nos vamos a estar ocultando cosas a estas alturas del relato. Mi Queridísimo viene al cuarto en el que estoy, agarra las teclas que se encuentran a mi lado, en el suelo, y las gira. «Los plastiquitos están puestos detrás», me dice y me muestra. 
Así que me levanto, y me voy a lavar las manos. Si corro, llegaré justo antes de que la tienda cierre.

Elle Driver

La vida de la mujer que envejece no es sencilla, como se podría pensar a priori. Tiene sus complicaciones. Entre ellas la llegada del día en el que comienzas a utilizar lentes de contacto, o lentillas para sus amigos españoles.
En cuanto te despiertas sabes que algo no está bien: ves borroso, un ojo te arde y lo sientes más húmedo de lo habitual, humedad que en breve te das cuenta de que amerita llamarse supuración. Llevas tus dedos hacia el problema y notas que la hinchazón es considerable. «Quizá debería acercarme a un espejo», te dices y a ello procedes. Una vez frente a la superficie reflectante lo que allí ves no es agradable (abstenerse de seguir leyendo los impresionables): Un pez globo, asustado por supuesto, campa a sus anchas en el lado derecho de tu cara. Y lo que alguna vez se llamó «lo blanco del ojo» ahora debería llamarse «lo rojo del ojo». Mientras subes la cuesta que separa tu casa de la óptica donde ayer compraste por primera vez lentillas descartables, de las que se usan durante un día y se tiran, te ves en condiciones harto nítidas sacándotelas antes de irte a dormir. Cuando llegas a la óptica la dependienta que se ocupó de hacerte las pruebas para saber si podías o no podías usar lentillas (supuestamente tú podías) te dice que la máquina que sirve para mirarte bien el ojo justo hoy no funciona. Acto seguido, procede a mirar tu pez globo asustado con una linterna. Concluye que sin la máquina que no le funciona ella no sabe qué tienes. «Ve al médico», agrega la muy simpática. La otra dependienta que trabaja en la óptica te asegura que lo que te ocurre no es culpa de las lentillas. «Un gato o algo así te habrá dado alergia», dice con firmeza. «Toda la vida tuve gato, jamás tuve alergia y claramente son las lentillas porque oh casualitè me las pongo ayer por primera vez en mi vida y hoy amanezco así», tienes ganas de gritarle. Por suerte no lo haces. Mientras bajas la cuesta que separa la óptica de tu casa dudas y dudas un poco más, ya no te ves con tanta nitidez sacándote las dos lentillas como cuando subías la cuesta. Al llegar a tu piso decides hacerte ver el pez globo. Escribes en Google: cita sanitaria Madrid online. El primer link que aparece es el que te lleva a pedir hora con tu médica. No se encontraron citas libres en los siete días siguientes, te dicen unas letras rojas como tu ojo. «A menos que quiera transitar el camino de la tuertez no me conviene esperar una semana», reflexionas. El hospital que te corresponde si te quieres atender de urgencia es el Gregorio Marañón. Los problemas son dos (tres si cuentas que un vertebrado acuático con miedo habita en tu cara): 1- El Gregorio Marañón queda demasiado lejos de tu casa. 2- La única vez que fuiste tardaron seis horas en atenderte. «Quizá pueda evitarme el perder el día en el hospital», te dices, «es importante que sepa si la tengo metida o no» (¡la lentilla!, ¡mal pensados!). Media ciega como estás te dispones a buscar en la basura. Y cuando esto dices es media ciega literal porque no ves del ojo maltrecho, te arde, te lagrimea y estás tan desesperada del dolor que si tuvieras su número llamarías a Uma Thurman para que te lo arranque con sus propios dedos como a Elle Driver en Kill Bill. En un mundo ideal abrirías el cubo de la basura y allí estarían las dos lentillas, arriba de todo, mostrando sus brillos. Lástima que tú siempre estás a años luz de los mundos ideales porque quien vive contigo se levantó antes y desayunó. Así que cuando abres el cubo de basura te encuentras con un montón de cáscaras de naranjas, gran cantidad de yerba mate húmeda, un trozo de banana, un poco de yogurt de soja sobre todo lo anterior, y un completo repertorio de porquerías de todas las edades, porque tienes tan buena suerte que hace tres días que no tiras la basura. La frasesita esa que dice que encontrar una aguja en un pajar es lo más difícil que te puede pasar es porque no sabe lo que es encontrar dos lentillas en tu basura (o una en caso de que la otra esté en tu ojo-pez a punto de la putrefacción). Sacas la bolsa del cubo, la colocas en el suelo de la cocina, a tu lado pones un balde y empiezas a meter ahí dentro cáscaras ya revisadas, yerba, banana, yogur y demás. Pasados unos minutos te sucede algo bastante habitual en situaciones de estrés: te desdoblas. Entonces es cuando te ves desde afuera: estás en cuatro patas, con la cabeza metida dentro de una bolsa maloliente, pasando basura a un balde, en busca de algo pequeñito y transparente. ¿Cómo se te ocurrió semejante idea? Entre que es casi invisible lo que buscas y que no estás acostumbrada a estar tuerta es imposible que la tarea resulte exitosa. Puede que como las fiestas están a la vuelta de la esquina los Reyes Magos anden cerca, supones que a ellos les debes que, entre la yerba, de repente veas algo que brilla. Ni festejas emborrachándote ni gritas eufórica de felicidad en el balcón consiguiendo con ello molestar a todo el vecindario. Es una lentilla lo que encuentras. Aquí es de vital importancia el reparar en la letra cursiva de la oración anterior. Revuelves, desparramas la yerba, otra vez pasas tus manos por todas las cáscaras de naranja... Bref (como dirían los franceses, que no es plan que estés aquí detallando tus hurgamientos entre porquerías varias durante media hora más): ni con los Reyes Magos ayudándote encuentras la segunda lentilla. El dolor te tiene mucho más malhumorada de lo que te gustaría a estas alturas, y las dudas se han convertido en una gran verdad: tienes la lentilla dentro. Son dos las soluciones que se te ocurren: 1- Tomar tres metros para llegar al Gregorio Marañón y esperar unas cuantas horas hasta que te atiendan y te la saquen. 2- Llamar a Uma para que se ocupe de tu ojo y nada de esperas, en un santiamén problema solucionado, después de todo una tuerta puede ser muy sexy, ¿no?

Cronas

Aclaración previa lectura: No estamos locas. Nosotras somos muchas Letzys dentro de una sola Letzy. Cualquier mujer sabe de qué le estamos hablando.

—¿Te acuerdas de que tenemos un blog? —le pregunta mi Letzy escritora a mi Letzy hacedora.
—¡Claro que me acuerdo! Lo que sucede es que desde que volvimos de Buenos Aires estoy necesitando ser la versión femenina del dios del tiempo, más conocido como Crono —responde mi Letzy hacedora.
—Me gustaría tanto poder ahorrar minutos... —dice entre suspiros mi Letzy economista.
—¡Y a mí coleccionar horas! —agrega mi Letzy soñadora.
—¿Y si nos casamos con Crono? —sugiere mi Letzy inteligente—. Por derechos matrimoniales tendríamos sus dones.
—¡Qué buena idea! —dicen todas mis Letzys al unísono.

Sabed perdonar queridos lectores, así estamos, como veis el regreso a Madrid nos tiene a mal traer. Si encontramos a nuestro futuro marido en breve, ese que nos regalará todo el tiempo del mundo, volveremos encantadas.

Moe

Un día te levantas y tienes una idea maravillosa, como todas las tuyas: vas a cambiar un poco tu look. Tienes el pelo largo, por la cintura, desde hace años. Ni rastros quedan del último corte que te has hecho y estás aburrida de tu rubio oscuro.
Entras en una peluquería que no conoces (aviso importante: el amable lector no ha de seguir tus pasos, ¡jamás!). Te atiende un muchacho de excelente aspecto, tan bueno es su aspecto que piensas que deberías haberte maquillado y peinado antes de entrar. El coiffeur está bronceado, viste una camiseta blanca muy ajustada que no deja imaginar los fantásticos abdominales marcados que hay debajo dado que los muestra claramente, tiene un corte de pelo muy moderno y ¡lleva los ojos pintados con delineador! 
—¿Qué quieres que hagamos guapa? —te pregunta mientras se mira en el espejo. A la vista está que el muchacho gusta de sí mismo. Esperas que en el momento en el que empiece a cortarte el pelo deje de lado su adicción por ver su reflejo cual Narciso porque te preocuparía que no te mire mientras tiene tu cabello en una mano y una tijera en la otra. 
—Quiero que mi pelo tenga más volumen, darle forma, y lo veo muy opaco.
—Podemos hacerte unas mechas rubias, unas pocas, muy finas, para que te quede natural, eso te dará brillo. Y luego te puedo cortar el pelo en capas, eso te va a dar movimiento —te dice sin dejar de mirarse. 
—Lo que no quiero es perder el largo.
—Un poco hay que cortar guapa, las puntas las tienes fatal.
—Bueno, pero lo mínimo —accedes.
En eso quedas, ese es el pacto que tú creíste haber hecho con el coiffeur de abdominales envidiables: unas poquitas mechas y un corte que mantenga el largo de tu pelo.
¿Cuál es tu aspecto al salir de la peluquería? (aviso importante bis: la autora no se responsabiliza por el impacto que la siguiente descripción pueda causarle al amable lector): llevas el pelo platinado a lo Marilyn Monroe, te cortó las puntas abiertas, las cerradas y todas las que quiso, y lo peor, lo que hace que quieras llorar hasta que tus glándulas lagrimales te digan que no pueden producir una sola gota más: ¡te hizo flequillo! Si hubiera un abogado que quisiera representarte en un juicio utilizarías sus servicios. Nunca en tu vida llevaste flequillo y nunca lo llevarías si no fuera por este tipo de seres endemoniados llamados peluqueros. En un momento tú notaste que estaba muy entusiasmado cortando, de hecho cuando viste que el pelo te llegaba a los hombros y caíste en la cuenta de que no se podría pegar, le dijiste que por favor se abstuviera de tanta tijera. A veces piensas que no te entienden porque hablas argentino, pero si no entendió lo que deseabas podría habértelo dicho, ¿no?, tú hubieras hecho el esfuerzo de decírselo en madrileño. De repente el coiffeur está frente a ti, sus abdominales bloqueando tus vistas en el espejo, cuando escuchas un tijeretazo. En el momento en el que el muchacho quita sus abdominales del medio y vuelves a ver tu reflejo ya es tarde, el estrago está hecho, ¡y tú tienes flequillo! Y no te hizo un flequillito de estos que se hacen con unos pocos pelos, ¡no!, ¡qué va!, te hizo un flequillo como el de Moe, el de Los tres chiflados. 
—Te queda genial —te dice el coiffeur sin mirarte, está muy ocupado mirándose él, ¿querrá saber si se le corrió el delineador?
Deberías preguntarle en qué momento te escuchó pedirle que te haga flequillo, deberías gritarle por qué te platinó cual estrella de Hollywood, deberías arrancarle la camiseta con los dientes y pegarle en los abdominales, deberías... Pagas y te vas.
«Y bueno Letzy, hay cosas peores», te dices una vez en la calle. A los pocos pasos ves tu corte pelístico reflejado en el vidrio de un escaparate y te alegras: Dondequiera que Moe esté, sin lugar a dudas se siente feliz de que te hayas convertido en una fiel seguidora de su look.

Flequillo de Moe, o de Letzy, pues es el mismo

La Cicciolina

En la vida de la dama actual tarde o temprano llega el día en el que debe hacerse su primera mamografía. Que desde ahora la dama sepa que por mucho que lo desee no se librará.
Resulta que hacia tu primera mamografía te diriges. Vas contenta, no sabes muy bien en qué consiste el estudio, solo sabes lo que te dijo el ginecólogo, que no duele. El edificio donde se encuentra el centro es espectacular, de los más lindos que has visto por dentro en Madrid: sus suelos son de mármol, sus escaleras tienen balaustradas de bronce, en sus paredes hay enormes espejos con marcos de madera tallada. Mientras esperas el ascensor, de esos antiguos muy pintorescos, con puertas de hierro, un muchacho guapetón se coloca al lado tuyo. Te sonríe, le sonríes. Te dice hola, le dices hola. Quiere saber cómo te llamas, tú le respondes. «¡Qué bonito nombre!», agrega el guapetón, pero tú sabes que lo mismo te habría dicho si te llamaras Pancracia, Emeregilda o Maclovia. «Gracias, ¿y vos cómo te llamás?», le preguntas una vez dentro del ascensor. Entonces ocurre lo de siempre cuando te escuchan hablar: «¿Eres argentina?», «¡visité Buenos Aires en el .... y me flipó!», «¡los bifes de chorizo que me comí madre mía del amor hermoso!». Acto seguido el guapetón te dice, entre otras cosas, que tienes un acento muy de su agrado. En fin, que te das cuenta de que estás ligando justo antes de hacerte una mamografía, o como se diría en tu país natal: te están arrastrando el ala. A punto estás de bajar del ascensor cuando el guapetón te pide el teléfono, raro en un español porque no suelen ser tan lanzados, pero éste parece serlo. «¿Te apetece que mañana tomemos un café?», te pregunta y, como si ya le hubieras dicho que sí, saca su móvil para apuntar tu número.
Hete aquí que quien te dijo que la mamografía era un estudio simple te lo dijo porque en vez de partes delanteras tiene partes colgantes. Hombre tenía que ser, se nota que nunca le hicieron una. No es que duela, pero el que una máquina fría te apretuje desde todos los ángulos existentes esas dos zonas agradable no te resulta; preferirías estar en tu casa tomando mate con tu gato Ernesto, o podando las plantas. Te hacen una toma, dos, tres, cuatro; te dicen que no respires una, dos, tres, cuatro veces; te acomodan las partes de una, dos, tres, cuatro maneras diferentes, y así. Cuando la técnica termina de agarrártelo, colocártelo, retoqueteártelo y aplastártelo todo para obtener sus tomas, tú te diriges rauda hacia tu ropa. «¡No te vistas todavía!», te grita la técnica, «te tiene que ver el médico». Hermoso momento, hermosísimo, cuando quien entra por la puerta es el guapetón con quien quedaste para ir a tomar un café al día siguiente. Y tú ahí, solo te falta la cola de pez para ser una sirena en condiciones, el pechito al aire ya lo tienes. Si solo tuviera que mirar vaya y pase, pero claro, el guapetón está obligado a toquetearte en busca de bultos o lo que sea que busque en tus partes, no vaya a ser que tengas algo y él no lo descubra a tiempo. A ver cómo le explicas luego a tu abuela que lo de mostrar primero tu pecho sirenil y luego tomarte el café no lo haces por vicio...

Mahatma Gandhi

En la vida de la dama moderna llega el momento en el que una se levanta del lecho, hermosa y lozana como siempre, y se dice: «Ya acabaron las fiestas, es hora de que ponga al gato a régimen». Este momento es para Ernesto, tu precioso morrongo quien está muy cerca de batir un récord Guinness, pues poco le falta para ser el gato más adiposo del mundo, un momento de duelo.
Día 1 (mañana): Vas a la veterinaria y vuelves a tu hogar con una bolsa de pienso light. Guardas el pienso neutered que hay en su platito (modo fino de llamar al pienso para gato castrado) y le sirves su nueva comida. Ernesto se acerca, la huele, te clava sus amarillos ojos y te dedica un maullidito con el que te comenta a qué otros felinos puedes ir a servirle tu pienso light, él lo que quiere es pienso de bife de chorizo, por ejemplo, y no la porquería que acabas de echar en su plato. «No hay otra cosa, es el pienso light o nada», le dices. «Nada», te responde él con otro maullido. Entonces tu peludo amigo decide comenzar una huelga de hambre.
Día 1 (tarde): Para acompañar una buena dieta nada mejor que hacer ejercicio, por ello decides poner a tu minino en movimiento. Sacas de un cajón aquellos juguetes que de joven tanto le gustaban: ratoncitos, gomitas para el pelo, peces de plástico, pelotitas de lana, y muchos más, si hay algo que tu minino posee es una amplia colección de porquerías que antaño él valoraba tanto o más que Liz Taylor a sus joyas. Tú le muestras un ratoncito y se lo tiras entusiasmada para que él lo vaya a buscar corriendo y te lo traiga. Ernesto, quien está panzarribaensofá como las otras veintiséis horas del día, levanta su cabeza y con su mirada amarilla te dice «ya puedes ir cazando el ratoncito tú sola, porque yo de aquí no me pienso mover». Arrojas al aire un pez de tela, nothing. Le muestras un ovillo de lana, rien. Echas a rodar por el suelo una pelota de goma, niente. Haces una bola con papel de aluminio y se la lanzas, ei mitään. Como último recurso le tiras una goma de pelo, y cuando te das cuenta de que casi le sacas un ojo y él ni siquiera se inmutó empiezas a pensar que quizá tu gato no está muy por la labor de hacer deporte.
Día 1 (noche): Ernesto sigue su huelga de hambre a rajatabla. Tú ya has intentado darle el pienso light de todas las maneras posibles, pero él se niega a ingerirlo. Estás a punto de meter el pienso light dentro de una loncha de pavo, seguro que así se lo come, pero claro, no harías negocio calórico.
Día 2 (madrugada): Ernesto grita a maullido pelado en tu oído. Parece ser que está sufriendo síndrome de abstinencia neutered. Te sientas en el lecho y le explicas que los adipocitos que habitan en su cuerpo son harto numerosos, que el adelgazar hará que además de ganar en salud aumente su autoestima y que se coma de una vez el pienso light que no es tan malo como parece. Él te dice que te metas el pienso light y la autoestima por donde te quepan, que tú sí que eres más mala que el pienso y que él está orgulloso de sus adiposidades. Acto seguido, procede a obsequiarte una serenata de maulliditos. Ríete tú de las cantantes sopranos, los agudos de tu Ernesto no difieren mucho de los del aria de la Reina de la Noche de Mozart. Cuando lo echas del cuarto tu minino procede a maullarte desde el otro lado de la puerta. Nunca lo quisiste tanto.
Día 2 (mañana): Si hay algo que no estás es hermosa y lozana como de costumbre, no has dormido en toda la noche. A estas alturas Ernesto es la versión felina de Mahatma Gandhi. Si por lo menos tu gato no comiera en pos de la paz, todavía. Pero él no come solo para reivindicar su derecho a ser adiposo. Sacas del cajón un cablecito que en otras épocas le encantaba perseguir e intentas que haga deporte. Ernesto desde su postura panzarribaensofá te fulmina con su desprecio hacia el ejercicio físico que le estás proponiendo.
Día 2 (tarde): Mahatma Ernesto se digna a hacerte caso y come una pocas bolas de pienso light. «La huelga de hambre ha llegado a su fin», te dices y te alegras. Por suerte tu morrongo ha entendido que debe cuidar su línea. Contenta sacas sus juguetes, pero con un maullido te hace saber que no te pases, que comer la porquería que le pones vaya y pase, pero que de hacer deporte nanay. Sí querido lector, usted entendió bien, Ernesto dijo «nanay», textuales maullidos.
Día 6 (noche): Mahatma Ernesto ya no le hace ascos al pienso light. A decir verdad le gusta mucho su nueva comida. Y cuando aquí dices que le gusta mucho lo que en realidad quieres decir es que se ha convertido en un verdadero vicioso. Es tal el grado de su perdición por el pienso light que estás pensando en volver a darle pienso neutered para ver si le curas la adicción. Eso sí, tendrás que comprarte un guante grueso, de esos de jardinería o similar, pues temes por lo que pueda pasarle a tu mano en el momento en el que le quieras quitar el plato de pienso light...

Mahatma Ernesto panzarribaensofá

Warrick Brown

Este post es continuación de La niña de El exorcista

Aunque son las ocho de la mañana, al escuchar la frase «es la policía criminal» tu mente se activa y a ella acuden raudas dos palabras: Warrick Brown, ese personaje de la serie CSI harto agradable para tus ojos. Estas palabras no vienen solas a tu mente, por suerte aparecen acompañadas de su imagen. Para la lectora que no sepa a quién te refieres y para el lector gay les mostrarás la imagen de Warrick que hay en tu mente, pues si hay algo que no deseas es que te tilden de egoísta.

Et voilà! Warrick
«Si el robo de mi ordenador trae a Warrick a mi casa quizá me deje robar más a menudo», te dices mientras te quitas el pijama y las pantuflas e intentas adecentar un rostro indecentable (de antemano le agradeces a la RAE que no te demande y sepa perdonar tu uso de palabras inexistentes).
Lamentablemente al abrir la puerta no es a Warrick a quien encuentras bien predispuesto como esperabas, sino a dos gorditos de no tan buen ver. Nada tienes en contra de la gente que va por la vida con un extra de adipocitos colgando de sus barrigas, pero no vas a negar que la decepción ante lo que ves te cala hondo.
—Buen día doña, venimos a investigar el robo, ¿podemos ver a la terraza? —te pregunta Gordito number one.
—Pasen —respondes ocultando malamente tu desencanto.
«¡Qué Warrick tan insensible!», piensas. El hecho de que no haya abandonado Las Vegas en el primer vuelo a Madrid para resolverte el caso te enfurece.
Los gorditos salen a la terraza y al poco escuchas:
—Como esperábamos —dice Gordito number two.
Tú creías que el ladrón había accedido a tu terraza valiéndose de una escalera. Equivocada estabas.
—Sin lugar a dudas trepó por el tubo de gas —agrega Gordito number one—. Esta es la nueva modalidad de robo —te explica—, sobre todo en verano cuando las ventanas están abiertas. Trepan fácilmente por el tubo, entran y se llevan lo primero que pillan.
«Menos mal que lo primero que el ladrón encontró fue mi ordenador y no a Ernesto», te dices intentando buscar el lado positivo, desde luego te dolería mucho más el robo de tu mascota que el de tu computadora.
Entonces Gordito number one abre su maletín y saca un polvo blanco. En este momento se le pide al lector que no piense mal de los Gordis, su único vicio son las croquetas, los potajes y los torreznos extra crujientes que preparan sus esposas, el polvo blanco parece ser que sirve para detectar huellas, o por lo menos eso es lo que te dicen, si a escondidas ellos lo usan con otros fines tú nunca te enterarás. También saca de su maletín una especie de pincel y comienza a pasar el polvo por la barandilla de tu terraza, por la zona que está cercana al tubo de gas.
—¡Ahí está la huella! —grita Gordito number two.
—La veo —asegura Gordito number one—. Pero... espera..., mírala bien... ¡Está incompleta!
—Tienes razón. No nos merece la pena cogerla.
—Lo siento doña, esta huella no nos sirve.
O sea, resumiendo: alguien se metió en tu casa por la noche mientras dormías, se llevó tu ordenador, Warrick Brown no vino a resolverte el caso y de paso invitarte a unirte en matrimonio con él, el ladrón no te demostró su arrepentimiento devolviéndote tu ordenador y entregándote una suculenta suma de euros por los daños causados, y la huella no sirve para nada.
—Debería mandar a hacer una cubierta de aluminio para el tubo de gas, que vaya sujeta a la pared, así no podrán subir trepando —te dice Gordito number one—. Y sería una buena idea que ponga rejas.
Esa misma tarde colocas trabas en las ventanas y pides un presupuesto para poner la cubierta sobre el tubo de gas. El resto del verano duermes con todas las ventanas cerradas y no le envías buenos deseos a Warrick con tu mente, pues no le perdonas que no se haya ocupado de tu caso, y de pedirte matrimonio. ¡Qué insensible!

Regan MacNeil, más conocida como la niña de «El Exorcista»

La historia ocurre una noche de verano. Y cuando aquí dices verano, lo que realmente quieres decir es verano madrileño en su máximo esplendor, o sea: cuarenta grados a las dos de la mañana. Hace tanto calor que hasta Ernesto, tu gato, te pide si eres tan amable de prestarle un abanico para darse aires en sus zonas sudadas. Acalorada como estás te vas a dormir, dejando las ventanas abiertas ya que no tienes aire acondicionado que convierta el verano madrileño de tu casa en el frío de la Antártida como te gustaría. 
Hete aquí que como cada mañana te levantas. Le das de comer a Ernesto, metes una tostada en el horno, pones el agua a calentar para el mate, y así, que no es plan de aburrir al simpático lector que está teniendo la deferencia de leerte detallándole tu rutina mañanera. Gato desayunando, tostada con aceite de oliva y sal en plato, agua en termo y mate en mano te diriges al salón, te sientas en el sofá, muerdes la tostada. Entonces la tostada se te cae de la boca. Esto no sucede porque tu hobby predilecto es recoger trozos de pan a medio masticar de la alfombra, tampoco porque tu madre no te enseñó a comer con la boca cerrada. Esto sucede porque no puedes creer lo que ves frente a ti, o mejor dicho: lo que no ves. Te levantas del sofá cual niña de El exorcista: poseída por un demonio. Tus ojos se vuelven blancos, se te pone la piel verde e insultas como ella, estás a punto de girar la cabeza 360º pero te contienes pues sabes que Ernesto es impresionable y no quieres que a tu morrongo le dé un síncope. Se le pide en este punto de la historia al amable lector que no crea que te has dejado poseer por un demonio porque sí, o porque no tenías nada mejor que hacer. Lo que te pasa es que la noche anterior, cuando te fuiste a acostar, sobre la mesita del salón había (atención al verbo en pretérito imperfecto) una computadora/un ordenador portátil. Hilvanas los hechos en tu mente: la mesa sobre la que estaba el ordenador se encuentra al lado de la puerta ventana que da al balcón. Vives en una primera planta y has dormido con la ventana abierta. La niña de El exorcista que hay en ti se enfurece más, y más, y un poco más aun al pensar en el robo. Lo grave no es el ordenador, aunque te ha costado tus buenos euros, sino lo que en él tenías, entre otras muchas cosas 230 páginas de word llenas de letras, todas ellas protagonistas de una novela que acababas de terminar y que venías escribiendo durante miles de horas desde hacía meses.
Que tu solidario lector no se infarte en tu nombre, que no hace falta, le agradeces el gesto. Por suerte existen unos sitios que se llaman Nubes, y no te refieres a esas formaciones blancas que viven en el cielo, sino a unos espacios de almacenamiento informático que no tienes idea dónde estarán, lo único que sabes es que tus documentos importantes allí tendrían que estar, a menos que el ladrón haya entrado en tu Nube también. Llamas a un amigo y él corrobora desde su ordenador, pues no se lo han robado la noche anterior como a ti, que tu novela, cuentos y demás textos están a salvo. Respiras. Pero poco te dura la calma, pues caes en la cuenta de que muchas de tus fotos y algunos trabajos no estaban en la Nube y los has perdido para siempre. Si hay algo que te encantaría es tener al ladrón enfrente para bañarlo en vómitos verdes, es lo mínimo que se merece. 

A paso lento, y todavía poseída por un demonio, te diriges a la comisaría más cercana a tu domicilio. De camino ves tu reflejo en un vidrio, ¿y qué descubres?: que contigo podrían filmar una secuela llamada Letzy de El exorcista. Una vez dentro de la comisaría esperas, esperas, y sigues esperando. Luego de esperar un poco más, de responder treinta y seis preguntas y de escuchar «ponga rejas en su casa doña» consigues firmar la denuncia.
Al día siguiente te tocan el timbre:
—¿Quién es? —preguntas como te enseñó tu madre, no vaya a ser que encima le abras la puerta al ladrón; si te quiere volver a robar por lo menos que se esfuerce como bien sabe y entre por la ventana.
—Es la policía criminal —escuchas.

Continuará...

La Baronesa Rampante

Tú querrías vivir como Cosimo Piovasco di Rondò, sobre los árboles, ir de rama en rama, saltar de un olivo a un acebo, de éste a un roble, del roble a un castaño de Indias y así. No vivirás como él, pero algo sí tenéis en común: tú tampoco vives sobre la Tierra, sino en las nubes. Tú saltas de un cirrus a un cumulonimbus, de éste a un stratuscumulus y de él a un cirrus nuevamente. «Mucho árbol, mucha nube pero estaría bien que vaya al point, estará pensando tu amable lector Letzy», te dices. Al point vas.
Hete aquí que un bonito día primaveral te decides a cocinar unas chauchas. Para una Baronesa Común que vive en la Tierra el hervido de chauchas no trae aparejada mayor complicación: se ponen en una cacerola, se les echa agua, se hierven el tiempo que sea necesario hasta que estén comestibles y listo. Pero para una Baronesa Rampante que vive en las nubes, como tú, el hervido de chauchas no es tan simple. Tú te las apañas para que se te evapore toda el agua, se te queme la cacerola, se te llene la casa de humo y, por supuesto, te quedes sin chaucha comestible en plato hondo.
Una Baronesa Común viaja en el metro con el libro de su agrado en mano y se baja en la estación en la que planeó bajarse, por ello llega puntual a sus citas. Pero para una Baronesa Rampante de las de tu clase esto no funciona así. El leer desde las nubes mientras se viaja en metro no es algo recomendable cuando se tiene un horario que respetar, puesto que el pasarse de estaciones es algo que una Baronesa Rampante lectora no puede evitar.
Cosimo Piovasco di Rondò vive muchísimos años en los árboles, no te quieres ni imaginar si el tipo de rampantismo que padeces te llegara a durar lo que a él...

Kafka

A estas alturas de tu vida eres la Reina Indiscutida de las magníficas ideas, la Máxima Autoridad de las magníficas ideas, la Ama y Señora de las magníficas ideas (sepa perdonar el/la simpático/a lector/a la reiteración, es necesaria para que quede bien claro que eres lomásdelomásdelomás en materia de magníficas ideas).
Una bonita mañana soleada te despiertas en tu cama y no estás acompañada ni de Ernesto ni de tu Queridísimo, sino, como tu perspicaz lector/a ya sabrá, de una magnífica idea, que es la siguiente: Vas a tramitar la ciudadanía española.
Hete aquí que tu magnífica idea y tú partís al Registro Civil Único de Madrid.
—Hola, ¿qué tal?, soy Letzy y quiero ser ciudadana española —dices al llegar.
La funcionaria que te atiende, sin sonrisa alguna visible en su rostro, te pregunta si tienes cita. Por supuesto que no la tienes. La mujer apunta un día y una hora en un papelito y te lo entrega.
—Cuando venga a la cita tiene que traer estos papeles —, y te da también una fotocopia.
La cita no es para el día siguiente, ni para la semana próxima, ni siquiera para el mes que a continuación vendrá; es para dentro de medio año. Durante ese tiempo vas al Consulado argentino, del Consulado al Ayuntamiento, del Ayuntamiento al Ministerio de Asuntos Exteriores, del Ministerio a la Policía.
Por fin llega el día de la cita. Te presentas en el Registro Civil Único de Madrid con una carpeta llena de papeles: hojas y más hojas de diferentes tamaños, diferentes letras, diferentes tintas; papeles con sus sellos, y con sus firmas, y con sus apostillas; papeles originales, fotocopias de esos papeles originales, y fotocopias de fotocopias de esos papeles originales. Un funcionario recibe tu papeleo, lo examina y te dice que está todo en orden. Tú sonríes satisfecha. A ver Letzy querida del amor hermoso: ¿Por qué sonríes? ¿Pensaste que ahí iba a terminar el trámite? ¿Creíste que en unos pocos días ibas a tener pasaporte de la Comunidad Europea en mano? ¡Pues no sabes tú cuán errada estás! Entonces el funcionario te informa que tienes que presentar todo lo que acabas de presentar en el Registro Civil también en la Comisaría de Policía que corresponda a tu domicilio. Sus palabras te quitan hasta las ganas de insultar en lunfardo, que es como se debe insultar si lo que se desea es insultar bien.
No sin poco esfuerzo reúnes otra vez todos los papeles, pides cita en la comisaría, esperas un par de meses y los presentas. «Ya está, en pocos días tendré pasaporte comunitario en mano», piensas y sonríes. Poco te dura puesto que tu preciosa sonrisa de perlados dientes sin sarro es arrancada de tu rostro por las siguientes frases: tendrás que esperar La Carta, hasta que ella llegue a tu domicilio no sabrás si se te concede la ciudadanía o se te deniega.
—¿Cuánto he de esperar? —preguntas mientras un interesante número de insultos lunfardísticos se pelean en tu mente para ver cuál tiene derecho a salir primero por tu boca.
—Medio año, un año, dos años; meses más meses menos —te responde el uniformado muy serio—. Lo que La Carta diga es irrevocable —agrega para aumentar tu contento.
Tus nervios, tus arterias hipertensas y tú esperáis durante un año, ocho meses, veintidós días y siete horas la llegada de esa Carta que te dirá si sí o si no, de esa Carta que te dará un futuro u otro. Cuando por fin se digna a visitar tu domicilio la dejas un buena cantidad de tiempo sobre la mesa, y no porque la hayas puesto en penitencia, sino porque no te animas a leerla. Hasta que tomas coraje y la abres con manos temblorosas, y con las axilas sudadas, y con la boca reseca. Y la lees una vez, y otra vez, y dos veces más. Y La Carta dice que sí.
Con La Carta en mano vas al Registro Civil Único de Madrid y pides cita. Esperas dos semanas.
—Lea —te dice un juez y te da un papel.
—Prometo fidelidad al Rey y obediencia a la constitución y demás leyes —lees.
—Firme —te ordena.
Y tú firmas. Y te conviertes en ciudadana española.

The Beatles

Son las 08:47 horas a. m., tienes mucho sueño, poquísimas ganas de ir a trabajar y, como si esto fuera poco, estás súper-recontra-archi-híper metida en un embotellamiento/atasco. Insultas valiéndote del lunfardo, jerga que es ideal si lo que se desea es insultar bien. En español dirías: «Esta M-30 me tiene hasta las narices», o «me cachis en la mar salá de la M-30», o «menudo coñazo la M-30 de los cojones». En tu lunfardo natal pronuncias frases que significan más o menos eso (menos que más en realidad), pero como no quieres que tu simpático/a lector/a piense que eres una mal educada lo dejarás con las ganas de saber qué has dicho. Enciendes la radio. Un locutor hablayhablayhabla. Se ríe solo de sus chistes que a ti te parecen tan graciosos como un velatorio. «¿A quién le hará gracia lo que dice?», te preguntas. Cambias de dial. Alguien hablayhablayhabla de política. «Si no quiero empezar la mañana con infartos múltiples mejor lo quito», te dices. Cambias de dial. Religión. Cambias. Música electrónica. Cambias. Reggaeton. Cambias. Una locutora hablayhablayhabla de los ojos color aceituna lepereña del nuevo novio de una actriz que tiene una verruga en la planta del pie que nunca se hizo tratar y que una vez se tiñó el pelo de un tono similar al vino tinto crianza porque. Apagas la radio. Pones un CD, aprietas Play. Help! I need somebody, canta John como si te estuviera leyendo los pensamientos. Tu coche sigue en punto muerto, no te has movido ni medio metro. Help! Not just anybody. Recuerdas el cuento La autopista del sur de Cortázar y sientes miedo, verdadero miedo, pues al ritmo al que vas es muy probable que te quedes durante meses atascada en la M-30. Help! You know i need someone. Help!, insiste John. Insultas, ahora en italiano, y lo haces gesticulando en demasía pues ya que insultas en italiano lo haces en toda regla. Help me get my feet back on the ground. Los rostros de los conductores que ves a tu alrededor están amargados, sabes que ellos están tan hartos del atasco como lo estás tú. «¿Hay algo más improductivo que un atasco?», te preguntas mientras subes un poco el volumen. My independence seems to vanish in the haze. «¡Es que no puede ser! ¡Todos los días lo mismo! ¡Esto no es vida!», piensas y empiezas a insultar en ruso campestre (que nada tiene que ver con el ruso de ciudad). «¡BASTA!», te gritas. «Tienes dos opciones Letzy: seguir insultando, podrías hacerlo en serbocroata que se te da tan bien, lo cual no va a conseguir que el atasco desaparezca; o pasarlo lo mejor posible mientras dure», te dices y subes más aun el volumen de la música. Bajas las ventanillas y las notas musicales salen como un pájaro al que se le abre la puerta de la jaula. Here comes the sun, empieza a cantar George. Y enseguida te sientes un poquito mejor, porque esa canción siempre consigue transportarte a lugares que huelen a eucalipto y a hierba buena. Little darling, the smiles returning to the faces, dice George y tú sonríes. Y esa sonrisa hace que te sientas muchísimo mejor. Miras a tu derecha y el conductor del coche vecino también sonríe. Miras por el espejo retrovisor y la señora del coche de atrás baila. No sabes si es verdad o es tu imaginación, solo sabes que así te gustaría que fuera. Sun, sun, sun, here it comes, y uno de los dedos del sol atraviesa el parabrisas y acaricia tu rostro. «A lo mejor Los Beatles en vez de insultar en inglés durante los atascos los usaban para componer», piensas mientras buscas en tu bolso la pequeña libreta en la que sueles escribir.

Ernesto

No sabes si es que tienes algún gen defectuoso o varias neuronas distorsionadas, el caso es que desde que estás en este mundo te gustan los gatos en demasía, y cuando aquí dices en demasía lo que realmente quieres decir es que cada vez que divisas un gato sales detrás de él cual ALF, pero no para comértelo, sino desesperada por agarrarlo, acariciarlo, rascarlo o lo que el gato se deje.

Hete aquí que un bonito domingo de primavera con tu marido partís al embalse de Pinilla, en las afueras de Madrid. Vais caminando cerca de sus mansas aguas, disfrutando de las sierras nevadas del fondo, cuando ves que un gato viene de frente. Tu marido, quien te conoce mejor que nadie, te sugiere que no vayas hacia él si no quieres que huya de ti como suelen huir el 99,9% de los gatos que se cruzan en tu camino. Y no se equivoca, pues al ignorarlo el minino solito se te acerca, se restriega en tus piernas, tú te agachas, él se pone panza arriba, tú te tiras en la hierba, él se te sube, te amasa, ronronea y es amor perdido y encontrado a primera vista. El gato está muy flaco, sucio y tiene varias heridas. Piensas que debe de ser un gato doméstico al que han abandonado; un gato salvaje no puede ser tan cariñoso. 

Le dices a tu marido que te llevas el gato a casa. Al día siguiente irás con él al veterinario, si tiene chip se lo devolverás a quien lo haya perdido; si no tiene chip el gato será tuyo. Tu marido sabe que diga lo que diga tiene la batalla perdida, así que acepta, y lo hace de buena gana. 

El coche está aparcado a un kilómetro y, lo curioso, es que no tienes que llevarlo en brazos, el gato te sigue como si fuera un perro. Al llegar abres la puerta trasera, te sientas, tu marido te pone el gato encima, se sube y arranca. En el momento en el que el coche se pone en marcha, el gatito se pone loco.

Valiéndote de tus amplios conocimientos en psicología gatuna evalúas posibilidades: 
Opción a): está nervioso porque el coche le recuerda al trauma de cuando lo abandonaron.
Opción b): está nervioso porque es la primera vez que se sube a un coche.
Opción c): está nervioso porque el coche lo marea como te sucede a ti y no se tomó la Biodramina.
En concreto sacas que el gato está nervioso, y el problema radica en que sus nervios lo llevan a treparse a la cabeza de tu marido. 

Llevar un gato en la cabeza mientras se conduce no es aconsejable, además, es un poco molesto, esto para empezar; y para seguir, a ver cómo le explicas a la Guardia Civil que lo que tu marido lleva sobre su cabeza es un gato nervioso que te acabas de encontrar abandonado en un embalse y te quieres llevar a casa, la cual se encuentra a noventa kilómetros de distancia. ¿Cuántos puntos quitarán por conducir con un gato en la cabeza?, te preguntas. Lo miraré en la DGT cuando llegue a casa, te respondes. 
Tu marido frena, apaga el coche, con cuidado le sacas el gato de la cabeza, el animal se calma y se tumba sobre el salpicadero. 
Vuelve a arrancar al rato. El gato vuelve a subirse aterrado a su cabeza. 

Con todo tu dolor, pues ya te habías acostumbrado a tener mascota, decides devolverlo al embalse; tus estudios en psicología gatuna te dicen que está actuando así porque no quiere vivir contigo, y tú no lo vas a obligar. «Si lo amas déjalo libre», recuerdas. De nuevo en el embalse le abres la puerta, el gato baja, te despides y te vas a dar un paseo por la zona. Lloras, y no poco: te encantaba el gato, sentías que podías darle un hogar, curarle las heridas, alimentarlo; te hubiera gustado que él quisiera ir a tu casa. 

Enorme es tu sorpresa cuando al volver, dos horas después y con los ojos más irritados de lo que te gustaría, el gato está tumbado al lado del coche. El máster que has hecho en psicología gatuna te dice que el gato ha reflexionado a fondo y se ha dado cuenta de que tiene que dejar su miedo al compromiso de lado: ahora sí se siente preparado para vivir contigo. Aún así, una vez más motor en marcha, una vez más gato en cabeza de tu marido. 
¿Por qué no conduces tú y tu marido intenta controlar al gatito?, se estará preguntando tu amable lector. La respuesta es que tu carnet es argentino y aún no lo has convalidado; a ver cómo le explicas a la Guardia Civil que vas conduciendo sin carnet español porque no podías controlar al gato divino que te encontraste en un embalse quien solo tiene el defecto de querer ir en la cabeza de tu marido mientras conduce. Si no compras un transportín es porque no hay ni veterinaria, ni tienda abierta donde comprarlo en esa zona un domingo a las tres de la tarde.

Entonces, llega a vosotros una idea que puede funcionar: buscar un contenedor de basura en el pueblo. Tú te quedas en coche apagado con gato en regazo; tu marido parte raudo. Por suerte no os abandona y regresa; si no lo hiciera y tuvieras que volver a Madrid sola, a ver cómo le explicas a la Guardia Civil que vas conduciendo sin carnet español y con un gato nervioso en la cabeza que encontraste en un embalse y te quieres llevar a casa porque tu marido se hartó de ti y del gato y os abandonó. Cuando regresa, lo hace con una caja de frutas vacía y una tabla de madera. Con ellos improvisáis un transportín y Ernesto se convierte en tu gato, en tu compañero, en una fuente de alegría. 

¿Por qué el nombre?: Porque es muy importante llamarse Ernesto.

En el embalse, hace 4 años
Hoy, en casa

Isadora Duncan

Ni eres una top model del más alto standing, ni las mejores marcas del mundo requieren tu rostro para vender sus maquillajes, ni mides 1,75 metros. Y como si todo esto fuera poco, no has aprobado el examen final del curso intensivo Controle sus tacones para evitar esguinces y papelones. Es verdad que cualquier calzado que no se llame zapatillas no es muy amigo tuyo, por no decir abiertamente que todo lo que no se llame zapatillas te declaró la guerra hace tiempo. El problema radica en que tienes una boda, y el precioso vestido corte imperio de seda natural roja y negra que te compraste no queda muy bien con tus Nike blancas con cámara de aire. No tienes otra opción que subirte a esos palos de madera clavados a la parte trasera de la suela de los zapatos que, dicho sea de paso, jamás deberían haber sido inventados.
Hete aquí que llega el gran día. Gran día solo para la novia, porque para ti de gran no tiene nada. Te duchas, te pintas las uñas de rojo pasión, te maquillas a conciencia, te pones el vestido y te peinas. Entonces es momento de subirte a los palos de madera: metes el pie en un zapato, luego en el otro, cierras la hebilla, te levantas, das un paso. Un malabarista con 8 bolas de fuego sobre zancos de metro y medio sin ningún lugar a dudas se siente más cómodo que tú. «Tú puedes controlar estos palos Letzy, tú puedes controlarlos», te dices recordando un antiguo libro de autoayuda que se explaya ampliamente en el gran valor de las afirmaciones positivas. Más o menos bajas las escaleras de tu edificio, más o menos consigues llegar a la esquina y subirte a un taxi, más o menos entras en la iglesia, más o menos llegas a la fiesta. Menos más menos más menos más menos te levantas a bailar. «A ver Letzy, cielito lindo, ¿en qué momento pensaste que podías ejecutar movimientos acompasados cual Isadora Duncan pero sobre palos? Por algo ella siempre bailaba descalza, sabia mujer. Con lo bien que iba todo, ¿tenías necesidad de mostrar tus artes dancísticas?», te preguntas mientras ves las carcajadas de algunos invitados, la verdadera preocupación de otros, la cara de la novia que desde arriba te pregunta si estás bien y las manos del novio que te ayudan a levantarte. «Sabia mujer Isadora», repites como un mantra mientras observas a los invitados bailar agraciados un tema de los 80' desde una silla con tu precioso vestido corte imperio de seda natural rasgado, tus uñas rojo pasión descascaradas, tu pierna derecha apoyada sobre otra silla y tu tobillo adornado con una servilleta llena de hielo en su interior.

Brian

Son las 20: 37. Sales del trabajo. Deberías haber salido a las 19 y no te pagan horas extras. Entras en la boca de metro de Sol. El andén revienta de gente. Escuchas a alguien comentar que hay problemas en la línea. El cartel que indica el tiempo entre trenes no indica nada. Esperas más de diez minutos. Cuando el metro llega te ves obligada a entablar una intensa lucha cuerpo a cuerpo para poder subir. Always look on the bright side of life, cantas para tus adentros. Luego de ocho estaciones llegas a la tuya. «¡Qué día!», piensas. Tu jefe te tiene hartapodridasaturada y las quejas de los clientes te llegan hasta-la-punta-de-la-coronilla-y-más-arriba-también. Always look on the bright side of life. Por lo menos tienes trabajo, que para los tiempos que corren no es poca cosa. Sales del metro en La Elipa. Sabes que tu nevera está habitada por medio limón, dos yogures caducados y un frasco de dulce de leche; o compras algo o cenas yogur caducado al limón con aliño de dulce de leche. Hay otra posibilidad: puedes cenar pienso de Ernesto acompañado de yogur caducado y de postre dulce de leche con limón. «No me apetece ni lo uno ni lo otro», concluyes. Entras en la verdulería. Como siempre te atiende Abdul, un amable bangladesí. Compras más de lo que puedes cargar y mientras lo haces piensas en Abdul; a la hora que sea (incluso medianoche) cualquier día de la semana (y con esto te refieres a sábados, domingos y festivos), él está en la verdulería trabajando. Piensas en lo difícil que tiene que resultarle a Abdul nuestro idioma, sabes que sus hijos y esposa están en Bangladesh y que duerme al fondo del local. Al llegar a tu casa Ernesto te recibe. Rascas la cabeza de tu gato y le sirves su cena: pienso. Guardas frutas y verduras en la nevera. Miras la hora para ver si todavía puedes ir al supermercado: casi las 22. El supermercado ya cerró. Y bueno, cenarás una ensalada. Sientes que el que está por concluir fue un día para tirar a la basura, no pasó nada ni interesante, ni productivo, fue un día más de vida vivida, o lo que es lo mismo, un día menos de vida por vivir. «Yo no quiero que la vida me pase; yo quiero pasar por la vida», gritas. Tus pensamientos se están oscureciendo, y tú no quieres ir por ese camino. Preparas la ensalada, pones una película, te sientas en el sofá, aprietas Play. Y te ríes, te ríes a carcajadas, te ríes con ganas y con lágrimas, te ríes sin esfuerzo, y entonces sientes que algo bueno sí pasó en tu vida hoy, porque, para los tiempos que corren, reírte no es poca cosa. If life seems jolly rotten, there's something you've forgotten, and that's to laugh and smile and dance and sing*.
* Si la vida parece estar muy podrida, hay algo que has olvidado, y eso es reír, sonreír, bailar y cantar.

Driss

Un día malo, pésimo, nefasto, y todos los sinónimos que se puedan encontrar en la RAE o en el diccionario del gusto de mi querido lector. Pero no todo está perdido. Por suerte al llegar a casa te espera una película. Y te sorprende gratamente. Te saca sonrisas, risas, carcajadas y así. Hasta te hace bailar, lo cual siempre, SIEMPRE, se valora.
Y te quedas esperanzada, pensando en una de las frases de la canción de Earth, Wind & Fire: All the love in the world can't be gone*.

* Todo el amor en el mundo no se puede haber ido.

Bill Gates

Un día te levantas y tienes la fantástica idea de cambiar de compañía de ADSL. Maravillosa idea, tú sí que eres lista Letzy, si las buenas ideas eligen una reina en sus próximas elecciones, tú ganas seguro.
Entonces miras planes, encuentras justo lo que buscas, llamas y preguntas: «¿Me quedo sin Internet en algún momento?, ¿y sin teléfono?». «Noooooooooooo y nooooooooooo», a las dos preguntas te responde casi ofendida quien te atiende, «en ningún momento se quedará usted sin Internet doña Letzy». «Es que yo trabajo en casa, necesito estar ciento quince por ciento segura de que no me voy a quedar sin conexión», insistes. «Noooooooo, esté segura doña Letzy», insiste a su vez la amable señorita. «Estaré segura entonces», le dices y portas tu línea al nuevo operador.
Hete aquí que un buen día viene un técnico a tu casa y en dos minutos (por reloj) te dice: «Ya está». «Qué bien, qué eficiencia esta compañía, qué maravilla, viva la vida y viva el amor», piensas y te ríes de todos tus amigos que han tenido experiencias nefastas a la hora de cambiar de compañía. «Es que la señora Fortuna me ama, me adora, soy la luz de su camino», te dices.
Pues va a ser que no. A las dos horas de haber pasado el técnico por tu casa te quedas sin conexión, sin internet, sin línea, sin teléfono y con la bombacha puesta de casualidad. Llamas a atención al cliente; musiquita, musiquita. Y cuando por fin te atienden proceden con estas palabras: «Una semana, quince días más o menos tarda en darse el alta doña Letzy». Y aquí surge lo de siempre cuando te quieres explayar por teléfono: no te entienden. Intentas pronunciar la “ll”, la “y” y la “z” como los españoles cuando notas que quien te está escuchando no se está enterando de nada, pero no hay intento que valga. Y eso que no les hablas de “vos”, no utilizas palabras en lunfardo, ni conjugas los verbos como los conjugas dentro de tu casa. «Usted habrá entendido mal doña Letzy porque siempre se tarda varios días en hacer el papeleo y el cliente se queda sin conexión», te dice de mal modo quien sea que esté atendiéndote. «Pero vosotros me asegurasteis antes de contratar vuestros servicios que en ningún momento me quedaba sin...», te esfuerzas. Te pasan a otro departamento que no te resuelve nada. Cuelgas. Entonces se te ocurre la posibilidad de conectar en tu ordenador un módem USB que te enviaron junto con el router. Llamas a atención al cliente; musiquita, musiquita. Te dicen que para usarlo tienes que instalar unos drivers pero que no funcionan con Linux y ¡oh casualité!, tú tienes Linux. Cuelgas. Vas al manual de instrucciones, tú eres de las que siempre se lee entero el manual de instrucciones. Y allí descubres que el módem USB se puede conectar al router, con lo cual no necesitarías instalar nada de lo que no puedes instalar. Llamas a atención al cliente; musiquita, musiquita. Y como si nada te dicen que sí, que conectes el módem USB al router y ya está, ya tienes conexión de emergencia hasta que te den el alta. Cuelgas. «Qué bien, qué eficacia, qué fácil, viva la vida y viva el amor», piensas.
¡Craso error! Al módem USB hay que ponerle una tarjeta SIM. Se la pones y cuando lo vas a usar te pide un PIN. Pero donde venía la SIM no hay PIN a la vista. Llamas nuevamente a atención al cliente; musiquita, musiquita. «Tiene que llamar al 22155 doña Letzy, ahí le darán el PIN que necesita», te dicen. «¿Al 22155?», preguntas para corroborar pues eres desconfiada, y con los años cada vez más. «Sí, al 22155», te reiteran. Marcas el 22155: «El número que usted ha marcado no corresponde a ningún cliente». Otra vez marcas el número de atención al cliente, sabes que a estas alturas el color de tu rostro oscila entre el rosa asesino y el carmín violento; musiquita, musiquita. Y mientras esperas que te atiendan y algún maravilloso ser te dé el PIN, el PUK o lo que quiera darte te preguntas: «¿A Bill Gates le pasará esto mismo cuando cambia de operador de Internet?».

Valentín

Frente a ti un prado rebosante de intensos verdes. A tu derecha un lago que parece un espejo acostado. Encima de ti un cielo que huele a diáfano. Al lado tuyo Valentín. Él saca de una canasta un bonito mantel de tela, lo extiende, coloca amplia cantidad de exquisiteces (todas cocinadas por sus propias manos), abre una botella de vino tinto, sirve dos copas, pone música en francés (pues las reglas del romanticismo así lo dictan). Brindis, sonrisas, piropos. Quand il me prend dans ses bras, il me parle tout bas, je vois la vie en rose. Valentín saca de su canasta un ramo de girasoles atados con un lazo rojo, tus flores preferidas en el mundo entero. Agradecimientos, abrazos, carantoñas. Il est entré dans mon cœur. Te extiende la mano y bailáis. Besos, caricias, risas. C'est lui pour moi, moi pour lui dans la vie. Saca de la canasta un pequeño estuche de terciopelo. Se arrodilla. Pone el estuche en tus manos. Il me l'a dit, l'a juré pour la vie. Lo abres. Temblores, nervios, lágrimas. Entonces Valentín te dice: Letzy querida, ¿te quieres... Algo te despierta, es un ruido potente, que retumba en las paredes de tu cráneo dormido. Lo primero que piensas es «¿una motosierra a esta hora?». Enciendes la luz, son las 5 a. m. «¿A quién se le ocurre cortar madera tan temprano?», te preguntas. Pero no es un aparato eléctrico lo que hace temblar las vigas, cortinas y armarios de tu cuarto, ya quisieras tú que lo fuera: son los ronquidos de Valentín. Está boca arriba, «ahh, será por eso», te dices. Lo mueves suavemente, pero él ronca más fuerte. Lo vuelves a mover, con un poco más de intensidad. Nada. Lo sacudes. Ni se inmuta. Lo codeas, lo meneas, lo zarandeas. Niente, nothing, rien, nada. Le dices «Valen, cariño, estás roncando, ponte de costado». Rezonga, se gira, silencio. Quieres volver al sueño, quieres, quieres, te relajas, ondas alpha, te estás durmiendo, ahí está, arrodillado, a punto de preguntarte si... ¡Y Valentín otra vez empieza a roncar!

La vie en rose by Edith Piaf on Grooveshark

Serrat

Es lunes. El despertador suena a las 07:10. Tienes mucho sueño, sueño atrasado y sueño actual, pero ¡qué remedio!, te levantas. Si hay algo que detestas es salir de la cama en invierno tan pronto. ¡Cómo te gustaría quedarte bajo el abrigo de tus sábanas de felpa! Ernesto te pide el desayuno. Mientras tu gato come metes dos rodajas de pan en el horno. Exprimes tres naranjas. Les echas aceite de oliva y sal a las tostadas. Te duchas. Te vistes: pantalón de pana, camiseta manga larga, botas, jersey, braga polar, gorro, guantes, abrigo de plumas. Sales a la calle. Una mañana helada te recibe, te golpea, te sacude. Caminas casi un kilómetro. Llegas a la estación de metro La Elipa. En el andén hay mucha, demasiada, sobrada gente. Cuando el transporte frena dudas si cabrás en su interior. Cabes. El vagón está tan lleno que no puedes ni sacar el libro de tu bolso. Tu malhumor no se quedó en tu casa como te habría gustado, sino que viaja contigo. Llevas el móvil en el bolsillo de tu abrigo. Te pones los auriculares. Pulsas Play. Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así, aprovecharlo o que pase de largo, depende en parte de ti, canta Serrat. El tren frena en Ventas y como no estás agarrada te tambaleas. Una mujer te empuja, ni se molesta en disculparse. El andén está repleto, no sabes dónde va a entrar toda esa gente. Y entran. Dale el día libre a la experiencia, para comenzar, y recíbelo como si fuera fiesta de guardar. ¡Qué olor! Te giras. Y sí, el señor que está al lado tuyo huele fatal y tú no te puedes alejar, cada milímetro del vagón está ocupado. Bloqueas la nariz como sueles hacer en verano, respiras por la boca. No consientas que se esfume, asómate y consume la vida a granel. Tienes tan pocas ganas de ir a la oficina, a hacer un trabajo que nunca te gustó, te gusta ni te gustará. Se te ocurren mil sitios mejores donde ir. Si la rutina te aplasta dile que ya basta de mediocridad. Entonces el tren frena en la estación Retiro, y tú te bajas. No es tu estación, la tuya es Sol, pero no te importa. O te bajas o te ahogas. Hoy puede ser un gran día imposible de recuperar, un ejemplar único no lo dejes escapar. Vas a hacerle caso a Serrat. Y te vas a ir a pasear, a disfrutar del parque y de las calles de Madrid, a vivir. Hoy no permitirás que tu cuerpo pase el día bajo el aire estancado de la oficina, sino que le regalarás aire libre. ¿Qué le dirás a tu jefe? No lo sabes. Seguramente te estás metiendo en un problema. No te importa. Hoy es imperioso que te busques, y lo es más aun que te encuentres. Pelea por lo que quieres y no desesperes si algo no anda bien. Hoy puede ser un gran día, y mañana también.

Hoy puede ser un gran día by Joan Manuel Serrat on Grooveshark

Cenicienta

Friegas platos, barres suelos, planchas ropas, limpias vidrios, aspiras alfombras, haces camas, quitas polvos, podas plantas, lustras zapatos, y así. No te importa, tú aguantas. Aguantas porque sabes que llegará el día en el que un Hada Madrina te limará los callos, te pondrá largas uñas acrílicas y te vestirá con un atuendo que disimulará esos kilos de más que llevas colgando de tus caderas. Además el Hada Madrina convertirá la calabaza con la que piensas hacer una sopa en una hermosa carroza y a tu hámster lo transformará en cuatro percherones tordos. Aguantas pensando solo en una noche, en la que las manos no te olerán a lavandina/lejía y tu cutis estará bajo los milagrosos poderes del maquillaje. Aguantas porque sabes que solo con bailar contigo un Príncipe Azul se enamorará perdido y encontrado de ti. Aguantas porque tienes la certeza de que moverá cielo y tierra para encontrarte valiéndose del zapatito de cristal que le dejarás sobre la escalinata de mármol blanco de Carrara cuando huyas rauda a las doce de la noche en punto. Aguantas porque es mucho mejor fregar, barrer, planchar, limpiar, aspirar, hacer, quitar, podar, lustrar, y así, para un Príncipe Azul que para una madrastra y dos hermanastras malvadas. Aguantas porque sabes que cuando él te encuentre y te vea recién levantada, en chinelas, sin maquillaje y con la que fue tu carroza en mano, pues cuando llame a tu puerta estarás a punto de hacer una sopa de calabaza, te querrá para siempre. Porque él solo te vio un ratito en la fiesta que se dio en su palacio real, bailó con tu cuerpo unos pocos valses, charló contigo lo que duran dos copas de champagne, pero él ya sabe que eres tan hermosa por dentro que te ama, quiere casarse contigo y que seas la madre de tres principitos azulitos. Así de simples son las relaciones de pareja...

El Equeco

9 de la mañana. Mientras sostienes el mate con una mano y acaricias la cabeza de Ernesto con la otra, lees la lista que te mandó tu madre por e-mail:
1- Campera (llamada abrigo en España). Ni muy larga ni muy corta. Que no sea negra y que no sea muy gorda que me resulta incómoda. Sin capucha.
2- Remeritas manga larga (traducción: camisetitas), de esas baratas que venden los chinos, con felpita dentro. Talle M. Ni negras ni blancas. Comprá 8.
3- Medias (o lo que es lo mismo: calcetines). El estampado que a vos te guste. Que no sean muy gruesas, como las que me compraste el año pasado.
4- Remeras para el gym manga corta y manga larga para yoga, que sean sueltas, tapapanza. Comprá 2 de cada. Y un equipo de gimnasia (sinónimo de chándal), si es negro mejor.
5- Pullover (a un jersey se refiere). Que no tenga cuello alto porque me ahoga, y que la lana no pique, suavecito.
6- Alguna cartera (lo que quiere es un bolso) de material blando, no me gusta lo que es como cuero duro. Que no sea de plástico. No muy clarita que se ensucia mucho.
7- Chalinas, de tela finita, no las que quedan muy echarpe, de esas tengo. (Aunque es tu madre, para entender la frase que dice «no las que quedan muy echarpe» necesitarías un traductor. Igual te haces una idea de lo que te quiso decir).
8- Déshabillé (se refiere a un salto de cama). Que sea de una tela suavecita, lo más largo posible, que se ate a la cintura.
9- Camisolas, de gasa, vos sabés de qué tipo me gustan, si ves lindas comprame 3.
10- Un piyama (en Argentina es con «y», no con «j» como en España). Que sea calentito, para el invierno.
Apuntas todo en un papel mientras tomas el último mate, te abrigas bien pues hace un frío polar, y te vas a Las Rebajas.
10 de la mañana. Entras en Bershka. Una música electrónica nada buena para esa hora del día ni para conseguir que tengas ganas de quedarte en la tienda suena a todo volumen. Sabes que suelen tener ropa bastante juvenil, pero alguna que otra vez encontraste prendas que a tu madre le valieron, camisolas sobre todo. Recorres la tienda y no encuentras una sola cosa que te convenza. Te alegras de que nada te haya gustado pues la cola para pagar es larguísima.
10 y veinte. En H&M lo tienes fácil porque siempre tienen las medias que a tu madre le gustan, sea o no época de Rebajas. Le compras diez pares por 16 euros.
11 menos diez de la mañana. Entras en Oysho mientras Britney Spears empieza a cantar Womanizer. Tú lo único que quieres es ser sorda en ese momento. Encuentras un salto de cama y un pijama que sabes que a tu madre le van a gustar. Tu malhumor se despierta al llegar a la caja y ver que hay una cola considerable, así que sacas tu libro, y mientras esperas, lees. Cuando te toca el turno pagas por todo 30 euros, las prendas están rebajadas al 50 %.
12 del mediodía. Estás en Mulaya, una tienda en la que todos los que allí trabajan hablan en chino, a los gritos. Una canción lenta suena de fondo, escuchas con atención para saber qué dice la letra, tienes la costumbre de hacer eso, pero no entiendes una sola palabra; hasta que te das cuenta de que la canción es en chino. Encuentras las camisetitas con felpa que te pidió tu madre, hay en su talla y por suerte hay otros colores además del blanco y negro. Agarras las 8 que te pidió, pagas en la caja 3 euros por cada una, en esta ocasión casi no tienes que esperar, y te vas.
1 de la tarde. Hace más de media hora que estás en Zara. La tienda es enorme y tiene tres plantas. Muchas mujeres se prueban tapados, jerseys, poleras y chaquetas sin ir a los probadores para no perder tiempo, valiéndose de los espejos que están en las paredes. No sabes qué hacer, encontraste dos abrigos que te parece que están muy bien, y solo queda uno de cada uno en la talla de tu madre, o sea que como los sueltes seguro que otra se los lleva. El problema es que el que tiene el largo que tu madre quiere es negro (color que ella no quiere), y el que es gris (color que a ella le parecería bien) es por debajo de las rodillas (y ella no lo quiere tan largo). Lo único que tú sabes es que no quieres tener que regresar a la tienda en la que te encuentras para cambiarlo o devolverlo, deseas fervientemente que el día de compras sea solo uno. Como llamar a Argentina desde tu móvil puede costarte más que los dos abrigos juntos, le haces una perdida a tu madre para que te llame con una tarjeta si es que está en su casa. Por suerte, pasados unos minutos te llama. Le cuentas lo que tienes en mano y le pides que te diga cuál prefiere. Duda, duda y sigue dudando. Tú a estas alturas estás toda transpirada ya que fuera de la tienda hacen 3ºC pero dentro hacen 39 aproximadamente y no te has podido quitar tu abrigo de invierno porque no puedes cargar más: en una mano tienes los dos abrigos de tu madre, en la otra las bolsas con el pijama, el salto de cama, los calcetines y las camisetas de felpa, además tienes colgado tu bolso al que le ataste tu bufanda y la correa de un paraguas se abraza a tu muñeca. Te estás empezando a fastidiar y lo sabes, y encima todavía te falta comprar un montón de cosas y volver en metro a tu casa. Entiendes perfectamente cómo se siente el Equeco cargando todo lo que carga. Lo bueno es que tu madre se decide y te dice que le compres el abrigo largo. Lo malo es que éste pesa mucho más y ocupa el doble de lugar que el corto. La cola en la caja es eteeeeerna. «Detesto las Rebajas», piensas aunque para ser sincera no es «detesto» la palabra que realmente estás pensando. Pagas 50 euros por el abrigo, costaba 90.
2 y treinta y tres de la tarde. En Salvador Bachiller encuentras un bolso que te gusta, cuando miras el precio te preguntas si sus cierres serán de oro. Lo dejas. Encuentras otro más barato, no es de plástico, color chocolate. Te pones en la cola para pagarlo, intentas sacar el libro, se te cae la billetera, se te descuelgan las bolsas, el paraguas sale despedido, sudas. Te gustaría ser un ídolo de la abundancia como el Equeco, llevar un poncho de lana de vicuña, chullo y cargar canastos con granos. Lamentablemente tú eres una versión diferente; llevas botas de lluvia en vez de ojotas y lo que cargas es ropa y más ropa ajena.
3 y cinco. Desde fuera ves que en Mango hay muuuucha mujer deambulando, demasiada para tu gusto. Respiras hondo, el aire helado penetra en tus pulmones, tomas coraje y entras. A los pocos minutos ves que una señora deja un jersey, lo agarras, es la talla de tu madre, es suave, no tiene cuello alto, el color te gusta para ella. Miras el precio y te decides al ver que cuesta 17 euros, costaba el doble. Ves que en uno de los espejos de la tienda otra mujer se está poniendo una chalina. Le preguntas dónde la cogió, te indica. Encuentras el sitio pero las que quedan son horribles. Diriges tu mirada hacia la cola, cuentas las mujeres: 30. No quieres hacer la cola solo por un jersey, te gustaría encontrar algo más de la lista. Vas a la planta de abajo de la tienda. El Equeco suele tener una quena, o un cicus, instrumentos musicales que ya te gustaría estar a ti tocando en vez de estar donde estás. En una pila de prendas descontroladas encuentras una camisola. La llevas. Haces una cola de más de media hora.
3 y 55 de la tarde. Estás en Promod. Tienes en mano varias camisetas, no sabes muy bien si son lo que tu madre quiere, pero ya no puedes ni pensar. Un tema de estos que se ponen de moda durante el verano suena a muchos más decibelios de los que te gustarían. La Equeco que hay en ti está llegando a su límite, más le vale pagar e irse a un sitio sin gente y sin música de discoteca lo antes posible, antes de que revolee por los aires todo lo que carga.
4 y diez. Te faltan las chalinas y el chandal, te da igual. A estas alturas lo único que te diferencia del Equeco es que tú no tienes la boca redondeada para que puedan colocarte un cigarrillo ni nadie te regala dólares como te gustaría. Te cierras el abrigo, te enroscas la bufanda, te pones los guantes, y así, equequeando con todas las bolsas, el paraguas, el libro y las botas de lluvia, te subes al metro y te vas a tu casa.